La cultura, siempre

27/Dic/2017

El País, Por Ana Ribeiro

La cultura, siempre

Belén es una ciudad palestina de Cisjordania,
que dista unos 9 kilómetros de Jerusalén y que está situada en los bíblicos
montes de Judea. Tiene unos cinco mil años de historia. Para los cristianos es
el lugar de nacimiento de Jesús, según los evangelios de Lucas y de Mateo.
Para los judíos es el lugar en que veneran la
tumba de Raquel y el sitio de nacimiento y coronación del rey David. Para los
palestinos es también un lugar sagrado.
En 1947, cuando Palestina fue dividida, Belén
—junto con Jerusalén— se convirtió en territorio internacional administrado por
Naciones Unidas. En 1950, luego de la primera guerra árabe-israelí, pasó a
formar parte del Reino Hashemita de Jordania. Diecisiete años más tarde,
durante la Guerra de los Seis Días, fue ocupada por Israel, quedando bajo su
control por espacio de 30 años. En 1995, tras los Acuerdos de Oslo, pasó a ser
administrada por Palestina. Como consecuencia de esta situación política Belén
fue rodeada de una barrera de hormigón de ocho metros de altura con sensores y
cámaras de seguridad y ha visto disminuir sensiblemente el turismo, principal
fuente de ingresos de la ciudad.
Estos últimos días, sin embargo, una noticia
irrumpió con «espíritu navideño». La Basílica de la Natividad de
Belén fue abierta al público luego de una ardua restauración. El edificio fue
construido en el año 339 y destruido dos siglos más tarde. Su primera
reconstrucción data del siglo VI. Luego escasearon, pues fueron impedidas por
las disputas entre católicos, griegos ortodoxos y armenios, las tres iglesias
que la gestionaron a lo largo de los siglos. La última restauración se realizó
en 1478, por lo cual en 2013 la recuperación de la basílica fue considerada una
emergencia patrimonial mundial.
La misma implicó una delicada labor de más de
tres años y fue obra de 170 expertos italianos que dejaron al descubierto los
bellísimos mosaicos del periodo bizantino que cubrían parte de sus paredes. Con
ayuda de cámaras térmicas similares a las empleadas por los militares en las
operaciones nocturnas, los restauradores descubrieron incluso —tras una capa de
yeso— un ángel oculto, que se sumó a los seis ya existentes en la iglesia.
Si bien los mosaicos recuperados son apenas el
20% de los originales, su valor es enorme. Miles de fragmentos, entre los que
abundan los dorados y plateados, componen multicoloridas figuras frontales en
actitud hierática, con vestimentas geometrizadas. Los pequeños fragmentos
bañados en oro eran colocados con distinta inclinación a los otros, de forma
tal que su brillo destaca sobre los demás. Esa luz, que simboliza la revelación
divina, logra un efecto óptico deslumbrante.
Recuperar esa joya artística fue una tarea que
demandó múltiples acuerdos y formas de colaboración entre musulmanes,
cristianos y judíos; entre empresarios, técnicos, instituciones, los Cascos
Azules de la Cultura y la Unesco. Todos juntos lograron una recuperación
patrimonial realizada bajo parámetros de tolerancia. No fue la única: mezquitas
y otros templos cristianos también han formado parte de una tarea de protección
de la cultura en el Medio Oriente que es gestionada con fondos de varios
países.
La cultura, que siempre es vanguardia,
encontró los caminos para un diálogo inter-religioso que el mundo político aún
se y nos debe.